lunes, 25 de junio de 2018

Diarios de un canibal...

Someto mis ojos a la multitud alcoholizada, ellos son los encargados de esa búsqueda obstinada que practico noche trás noche. Registro a sorbos las copas de vino, mordidas a canapes diversos, los distraen unas cuantas sonrisas pero ninguna estructura relevante parece asomarse en el cohorte. Mis ojos atraviesan micelas de gente logrando el alcance suficiente para divisarte. Ipso facto mi cerebro discrimina entre la multitud reconociendo tu olor. El porte de tu fisionomía llama mi atención; tu olor me estimula. Genero de inmediato la necesidad de observarla más de cerca, saborear cada detalle. Quedas registrado, mis ojos no te sueltan, me propongo acercarte; vorazmente busco los tuyos, fijo la vista y la sostengo en tu dirección insistente, incomoda. La mirada, el medio de comunicación a distancia más sigiloso que poseemos. La mía es mordaz, descarada... volteas, desvías la mirada incómodo pero insisto; recoges unos segundos de valor y regresas la mirada. Conectamos, para formalizar extiendo una invitación a disminuir la distancia entre nosostros. Sigues tus precarios instintos humanos y te acercas. Respiro hondo, tu loción, punzante, a cada paso anuncia tu acercamiento, mis células sensoriales la registran cada vez más aguda hasta que inunda mi espacio, no queda olor que le haga competencia, para mi cerebro sólo estas tú. Disfruto el recambio de aires, grabo la sensación, respiro hondo. Mi cuello se mueve atrevido, insolente casí, sensual; es incontrolable responder al placer que me produce olerte. Saludas, respondo. La diplomacia alberga nuestra proximidad. Me antretengo en calidad de observante, siempre me ha gustado ser la tercera persona.  Apunto tu cara, la analizo, lo notas, bajas la mirada incómodo, yo sigo. Proyecto tu cara completa, luego enfoco tu expresión, enfoco un poco más, encuadro tus ojos, analizo, el sujeto es inocente, noto. Deslizo por la nariz y termino en mi parte favorita del rostro humano, los labios: suaves, bulbosos, seductores sin duda. Te invitan a olvidar su razón de ser, fieles guardianes de la esencia canibal. La presa perfecta es aquel que no osa darse cuenta de que lo es. Me gustas. De pronto noto que te desinteresas, mi cerebro debe abandonar la perfección del visual e invertir en la conversación para favorecer el objetivo: retenerte.  Logro que permanezcas unos momentos más, la conversación fluye en automático. La tercera persona toma las riendas de nuevo, desenfoco, vuelvo a enfocar, me acerco lo suficiente para no asustarte, acecho tu estructura osea. Busco una posición cómoda para esperar el momento. Ladeo mi mirada buscando el ángulo y la nitidez. Tus labios colisionan y entrebren a destiempo. Descanso en ellos la mirada esperando atenta. La conversación sigue como ruido de fondo en mi cerebro, él se encarga de vocalizar lo suficente para mantenerte cerca. Respiro discreta pero profundamente. Me inunda el deseo de la certeza. La ansiedad me viste, deseo verte. Tu boca se abre, los blancos se asoman, me agito. Sonries pero recobras la seriedad rapidamente. Debo virar la conversación a un tema relajado. Desenvuelvo algunos anécdotas esperando articular algo estimulante, deblo lograr que los muestres. Nada. Forzaré alguna broma, la escupo,  desesperada. Entonces los veo, los descubres poco a poco, retrayendo los labios poco a poco, se extienden hacia tus mejillas. Te ríes, ¡te ríes! y eso me agita. Tan blancos ellos, pero noto algo que me disgusta. Aguanto la respiración. Entrecierro los ojos, debo controlarme, ellos son la razón por la cual converso contigo. Me preparo para abandonar el encuentro, se estaciona la decepción. Los veo, se iluminan. Me atrapa el visual, absorbo la imagen anonadada. No me permito el descontrol, me evidenciaría, derramo un poco de saliba, lo ignoras diplomáticamente.  Ahí estan, poseen una blancura case perfecta. Los incisivos son grandes pero no en exceso, el incisivo derecho gira unos 2 grados hacia dentro ¡Dios! Te encanta lo que digo, te ríes prolognadamente, todo indica que estas a punto de la carcajada, ansío ver la estructura completa. Los labios recelosos los procuran. Comienzo a odiarlos, ellos y su vaivén; los cubren y descubren; un oleaje tortuoso. Tu lengua los acaricia como si supieras lo que analizo. Bebo de mi copa para disimular la producción de saliva. Comienzo a sonreir, mi boca reproduce tus movimientos institivamente. Corrijo mi desliz con una sonrisa forzada, curveada. La conversación continúa llevándolo suavemente y de pronto algo inesperado ¡ la carcajada los desenvaina completos! ¡Me toma por sorpresa! Mi respiración se agita, intento la discreción pero me es imposible ver a otro lado. Me acerco, los incisivos superiores me agradan, son lisos brillantes,  grandes pero no demasiado. Los caninos son suficientemente delgados y filosos, mantienen la estética de la estructura,  surfeo hacia los premolares, suaves cortos pero de  fortaleza. Los incisivos inferiores y sus corerspondientes premolares reflejan la perfección de los superiores. Comienzo a sonreir extasiada, mi deseo crece, me abruma, comienzo a preparar la conversación para salir de ese lugar junto con esa bella estructura  cuando sucede la ensía... ¡La ensía es excesiva! Inunda las estructuras blanquecinas perfectas, crece asimétricamente sobre esos caninos y se muestra endemasía. Es descarada, fehaciente, mi deseo cae como una estalactita y se desquebraja. Si su dentadura no es suficiente, su lengua los será menos. La antesala falló. Una punzada en mí estómago me regresa al momento, mecurvea, evidencía la decepción, sugiere la salida. Mis adentros son inflexibles y acertivos.  Desvío la mirada, mi estómago se revuelve. Su dentadura fracasa, su olor es ahora repulsivo hasta la nausea, esta demasiado cerca de mí. Me lo repito una y otra vez sintiendo la locura del éxtasis y la repulsión. Aléjate, me repito. Mis hombros se relajan, decepcionados; las lineas de mi rostro se endurecen, aprieto los labios en respuesta a mis movimientos estomacales. He perdido tiempo. Agacho la cabeza y sin decir más me voy con un dejo de violencia en el aire. Esta, fue una noche perdida.




jueves, 12 de abril de 2018

Bertita y el porro

El otro día me manejé un sueño delirante, quizá. En mi sueño, todo estaba al revés. Pero erand e esos ciento ochenta grados que hasta se disfrutan. La escena se construye en la casa no. Tecoyotitla 310. En los cuartos y sobre los mútliples sillones característicos de dicha casa, con la excepción de que la disposición del inmueble se parecía más a la disposición de las camas y hamacas de un cuarto de hotel a las orillas del río Tsendales, Selva Lacandona, Chiapas. Acababa yo de estar ahí.

Cada uno de los miembros de la cuarta estaban desparramados, sí, cual deshuesadas, tomando posiciones extrañas pero si se me permite escribirlo, sexys también, cada una prendida de un mueble con algún instrumento en mano. El sueño, como muchos, llevaba un toque de cordura y otro de turbiedad. Las personas participantes existían, sí, pero jamás en ese contexto. Ahí se contraba Ale meciendose en la hamaca al centro del cuarto, estoica viendo hacia el enorme ventanal del fondo. Y en seguida vemos a Bertita, harto relajadad, para nada ella. Y agregando a esta relajación se le apreciaba sosteniendo un porro. Se encontraba despojada de su personalidad real pero ahí estaba. El físico de Berta sostenía un porro, estaba ahí humeando el cuarto de porro. Ese era sin duda un marcador de que la cosa andaba chueca. Bertita no posee porros ni nada que se le parezca. eso esta claro.

lunes, 4 de abril de 2011

Empty Shell

I walk through life as an empty shell, but if you look close enough, you will witness life laying, green, all over my surface; as it would happen in nature, to an empty shell.

lunes, 28 de marzo de 2011

Si ya no tienes control de esfìnteres...

El útlimo sábado lo pasé sentada en la mesa de algún restaurante, de esos que se perciben acogedores para el festejo y nada amigables para la cartera. Acompañaba yo a mi abuela y a sus recientes 85 años. Los demás presentes eran mi madre, mi padre, mi hermano y la cuñada. La abuela, bien conocida como La Yaya, gozaba su festejo despilfarrando historias. La Yaya es por definición una colección de historias repetidas. Sí, ya muchos hemos tenido la fortuna de escucharlas en triplicado, al menos; a veces unas 4 o 5 veces incluso en el mismo día. La Yaya hizo buen uso de su tiempo en famila; acompañamos entonces, al son de sus historias, las entradas, el plato fuerte que por cierto, ya no le entró a la Yaya debido a los años que su estómago lleva digiriendo; los vinos, el postre y el digestivo. Como es costumbre, la sobremesa duró lo debido y no menos; unas horas bien enfocadas a la bebida. En algún punto del temario, entre ella no queriendo mencionar sus achaques y expresando muy abiertamente los de sus congéneres, esculpió una frase con la inocencia de quien no se entera de que la sinceridad no siempre es bienvenida. No me quedó más remedio que anotarla y henos aqui. Ya habiéndose mencionado Raul, el único novio y el amor de su vida (que por cierto, no es mi difunto abuelo, Fernando); pasamos a Teresa, la de los hijo e hija gays que se vuelve loca y cuyo hijo menor, el más normal, es un enano gracias al tabaquismo de la madre durante el embarazo. Entonces, llega la historia de Martita quien se disponía a salir un día por la mañana a uno de sus desayunos acompañada de su esposo, Jaime. Al despertarse, Martita se encuentra con que Jaime se había cagado en la cama y estoy había sucedido por la mañana. Estaba desolada.

-Pónle un pañal.
Decía mi abuela

- Se lo pongo por las noches que es cuando solían suceder estos accidentes. ¡Pero esto, ha sido por la mañana!

Lo decía con el tono serio de quien deja claro que la cosa está mal. Cagarse por las noches no era motivo de preocupación, pero si sucede por las mañanas es un indicativo de gravedad. Martita lloraba.

Abstrayéndose de la historia, voltea la Yaya y dirigiéndose a mí, apunta una mirada seria y consternada que expone el paso de los años en su fruncir y dice :

-"Si ya no tienes control de esfínteres ¡mejor que Dios te recoja Nena! ".

La frase terminó con una pizca de resentimiento hacia el dueño y culpable de la caducidad, el tiempo; que inevitablemente pasa y nos añeja. Tan injusto,  casi abusivo, él. Yo le regreso la mirada efervecida por la conclusión y riéndo digo:

- "Bueno, la mierda siempre ha sido un fiel medidor de lo que opina nuestro cuerpo ".

La Yaya reafirma con convicción: "¡Claro! Nadie quiere vivir para que le limpien la cola". La Yaya lo decía muy en serio, ya que ese día de su cumpleaños, sus 85 años pesaban más que nunca y temía por las hazañas que le deparaba ese cuerpo suyo.